Crónicas de un pueblo
Acuarela: lámina (36x26 cm)
Séneca es un pensador de campo en vías de extinguirse, un estoico de los que llegaron del otro lado de la frontera y se quedó de maestro en el pueblo durante décadas. Un retirado de mirada brillante y de sonrisa esbozada.
A veces se acerca a la escuela y charla con la joven maestra y, aunque se calla, no puede evitar una infinita desconfianza hacia lo bilingüe ¿Cómo es posible que no tengan palabras para “corzo” ni “gorriato” ni para distinguir entre “churras” y “merinas”? No saben decir “morcilla”, “lomo en pringue” ni “rebanadas de cachuela”. Ni siquiera pueden nombrar los trabajos de los parados, sean “jornaleros”, “banderilleros” o “zahorís”. Vaya estafa.
En los malos ratos se burla de las penas, como si ya las estuviera viendo marcharse. Son esos ratos en los que suelta que se va y que aquí paz y después gloria, pero como desde que quitaron las vías del tren hay que irse andando, dice que ya no está para esos trotes y que nos iba a echar de menos.
Le da la risa floja si se cruza con tumbaollas o palmeros. Y esa burla benévola, sin mas, es la amargura madura de toda una generación.
Acuarela: lámina (36x26 cm)
Los tres zascandiles son mas listos que el hambre por mera cuestión de supervivencia heredada de abuelos yunteros y porque Jacinto creía que los foráneos se habían vuelto gilipollas de contado y lo asoció a la cobertura a esas ondas que segaban el buen juicio. Por eso no dudó en meterle fuego a la antena para móviles que habían colocado en lo alto el cerro.
Si los escuchas cuando se sientan en la cuesta, descubres que lo que buscan está en otro lado o en el camino. Guardan escondido como su mayor tesoro un panfleto ácrata escrito por un palurdo de pueblo, faltón y tinajero; dice el cura. En sus parloteos aparecen maquis, músicos, madres mandonas, curas borrachos, guardias civiles, cabras, hombres del saco... pero también asoma la civilización, a menudo para mandar callar a los adultos.
Acuarela: lámina (36x26 cm)
Aquellas emociones que sufrió la abuela cuando estaba embarazada de sus hijas fueron traspasadas a ellas y quizá tal vez a sus nietas
Acuarela: lámina (36x26 cm)
Cuando se decidió usar la plaza para entretener a la gente con películas «de tos los gustos», “el Berlanga” fue el único del pueblo que pudo aprender a manejar la máquina que echa cine porque el manual lo trajeron los de Madrid en alemán. Pues eso, que no hubo que hacer oposiciones ni enchufar a nadie ni na de na.
De siempre había sido “el Estirao” como su padre y su abuelo que emigraron a Alemania y allí siguen. Su madre si volvió cuando el chiquillo, el único rubio del pueblo, tenía 12 años. pero esto del cine cambia mucho a la gente. Se puso una gorra que venía con los bultos y dijo que era de Kubri, alguien conocido en el extranjero… seguro, y ya no se la quitó ni pa mear.
Llegó el día de la inauguración y antes de empezar advirtió a los presentes «Gente de los de Arriba ”el Estirao” ha muerto... Viva “el Berlanga” que soy yo». La gente se quedó pasmá porque nadie sabía que significaba lo de Berlanga pero como el respeto a las manías de cada uno es ley en este pueblo, “el Estirao” quedó rebautizado.
La máquina la dejaron los de Madrid en un cuarto vacío y se fueron; después tuvimos que abrir un ventanuco para que saliera la luz de dentro afuera y poner todos los cables que hacían falta, que eran muchos y complicaos, para esto tuvo que venir uno de los tontolabas de los de abajo que se nos habían adelantao en lo del cine.
La fachada de la plaza la dejamos mas blanca que las ánimas del purgatorio, eso lo hicimos nosotros bajo la atenta mirada del párroco, que es el que entiende de ánimas. Y es que a encalar no nos ganan los tontolabas.
Después de la sesión la mayoría se quedaba comentando lo que habían visto de forma educada y coloquial, sin garrotazos. El nivel cultural de los vecinos y vecinas, que llevaron los problemas de la fachada a sus corrillos de siempre mejoró muchísimo. Por ejemplo, las de Paco Martínez Soria ya no eran películas de catetos sino de expresionismo rural.
Y así, en un tiempo que no daba para muchas alegrías, viajamos, disfrutamos, vivimos otras vidas.. y soñamos.
P.D. El titulo hace referencia a una frase de la película “El viaje a ninguna parte” de Fernando Fernán-Gómez
Acuarela: lámina (36x26 cm)
Doña Manolita fue nuestra maestra durante muchos años. Llegó del Sur y las circunstancias, unas buenas y otras no tanto, hicieron que se quedara en el pueblo.
Su canasta de historias contiene recuerdos y relatos donde los héroes se equivocan y los lobos no se comen a nadie. Los personajes, ya sean princesas del Sahel, príncipes que se transforman en cebollas, hombres perezosos, osos furiosos, tramposos y marrulleros, reyes felones, ratones o monos, no son ni buenos ni malos ni hacen por esclarecerlo... Simplemente son.
Acuarela: lámina (36x26 cm)
Y seguí subiendo la Empiná hasta llegar al saliente de arriba del todo, y detrás, detrás,… detrás esta mi casa.
Acuarela: lámina (36x26 cm)
“la Algarrobica” era una moza que las malas lenguas decían que era de mal encare. Los mozos huían de ella como de su mula Sabineta que podía darte una coz y dejarte en el sitio si no le gustabas; por eso lo mejor era no ponerse al alcance de ninguna de las dos.
Ya había cumplido la treintena y estaba en camino de quedarse para vestir santos, así que pensaron casarla con “el Caoboi” que no era tonto del todo, pero sí una miaja cerril por culpa de la pisada que le dio una vaca sorda a los cuatro años y que lo tuvo sin sentido otros dos, y ni entonces lo recuperó del todo.
Las familias concertaron la boda y acordaron que “el Caoboi” fuera a visitar a “la Algarrobica” y llevarle unos presentes, como era costumbre. La madre del novio le puso en el bolsillo delantero de la alforja dos chorizos de los de mejor ver y en el bolsillo trasero unas pastas de peor fuste. Como “el Caoboi” era corto de palabras y de seso, su madre le repitió muchas veces, para que calara en su dura mollera, que los presentes del bolsillo delantero eran para su futura mujer y los del bolsillo trasero para sus hermanas.
Bien aleccionado de lo que tenía que decir, al llegar a la casa de la novia “el Caoboi” se plantó delante de “la Algarrobica”, hermanas, padres, la mula, y algunas vecinas que no querían perderse el acontecimiento; carraspeó dos veces, o tres según que vecina lo cuente, y largó de este modo mientras vaciaba la alforja:
– Güenas “Algarrobica”dice mi madre que lo dalante pa ti y pa tus hermanas y lo datrás……….. se maolvidao. A la novia y a la mula se les desdibujó la cara y asi siguen hoy en día, sin cara.
En fin que así se quedó lo que pudo haber sido y no fue.
08- "el Sopicas"' o "'3 dedos" como le conocen los tontolabas del pueblo de abajo
Acuarela: (lámina (36x26 cm)
«Tú, lo que quieres es sorber la sopa, y después mojar en el caldo».
“el Sopicas” al que los desgraciaos del pueblo de abajo lo llaman “3 dedos” es muy apreciado en nuestro pueblo; por eso en todas las casas cuando hacen sopa le guardan un plato, que él agradece dejándolo tan limpio que no hace falta echarlo a la pila.
Lo de “3 dedos” le viene por una porfía. Hace años, de mozos, siempre andábamos riñendo con los de abajo por ver que pueblo tenía el casadero mejor valorao por las mozas, y en un desparrame de su alcalde saltó que al mulero, el suyo que el nuestro era filosofo, le brillaban los ojos cuando estaba en la era con una de nuestro pueblo. “el Sopicas” le quiso dar un bofetón, por la afrenta y por que le tenía tirria, pero como era autoridad y lo del bofetón estaba castigao se contentó con responder que eso sería porque tenía corriente en los ojos y que la moza sería su madre que ya se sabe que la electricidad nubla la vista.
El alcalde se puso colorao, cogió el bastón de mando y le exigió al “Sopicas” que lo demostrara allí mismo o lo baldaba a palos. Total que “el Sopicas”, que siempre metía los dedos en los enchufes pa ver si había corriente le metió dos dedos en los ojos al mulero y demostró que tenía razón porque el mulero se quedó ciego y "el Sopicas" con dos dedos chamuscaos que hubo que cortárselos.
Que jodío “el Sopicas” Aun se mean de risa los del pueblo de abajo cuando sacan la anécdota a relucir.
Acuarela: lámina (36x26 cm)
Iluminado tiene ahora 95 años, pero habla con soltura y recuerda a la perfección cada momento juntos, cada fecha que nombra en sus historias o cada rincón que avistó en su juventud.
La Frasqueta no sabe la edad que tiene y habla poco o calla.
Son invisibles y viven como lo que son.
Se conocieron en la treintena, cuando él trabajaba como cartero y pregonero y ella servía en la casa de una familia adinerada.
"La saqué a bailar y lo tuve claro".
Acuarela: lámina (36x26 cm)
Fui agua para las pequeñas manos encallecidas cuando volvían de la era.
Sacié la sed de sus bocas resecas.
Transformé mi agua en manos de madre para lavar la cara tiznada de los mas pequeños, enjugué sus lágrimas, borré los surcos sobre sus mejillas y las heridas de las rodillas desolladas por el juego.
Y, cuando hacía falta que era siempre, a reblandecer el pan de la merienda cuando estaba duro.
Acuarela: lámina (36x26 cm)
Como alcalde vuestro que soy, con la buena letra de la señorita Eloísa y el permiso de Don Cosme os digo que a partir de ahora y en beneficio de las vecinas de este pueblo os digo y os vuelvo a decir que:
Se permite a los vecinos jugar a naipes apostando cosas de comer, hasta en cuantía de seis reales, sin que sean perseguidos, pero si la cuantía es mayor el vecino que sea encontrado jugando será castigado con las penas que fije este Ayuntamiento, que serán pregonadas en tiempo y forma debidos.
Don Pablo, el alcalde
Acuarela: lámina (36x26 cm)
Su casa, levantada en piedra y sin apenas cambios, es la última habitada de un paraje donde antaño hubo vecinos y vida. "El Matacristos" vive entre las ruinas de viviendas vaciadas y un horno de piedra hoy apagado.
Ya no se “caga en Dios” pa qué, carga agua desde el manantial, cuida su huerta, vigila el entorno con su vara y se sienta frente a la casa donde ha pasado toda su vida.
Acuarela: lámina (36x26 cm)
Se levanta temprano y se acuesta tan pronto como puede, según su propio ritmo. No pronuncia saludos como “buenos días” ni “buenas noches” a nadie, aunque en su interior quisiera.
Acuarela: lámina (36x26 cm)
Hay quien dice que se nota que no quedan chicos en nuestros pueblos, en que nadie coge las moras de las moreras, no se oyen ya sus gritos por las calles y plazas, y en que cada vez hay más pájaros en el campo.
Con el tiempo nos olvidaremos de lo que eran los tirachinas, como queramos llamarlos, y se perderá la costumbre de ir a buscar nidos y poner lazos para coger a las pájaras cuando iban a incubar los huevos o llevar comida a los chinchorros.
Acuarela: lámina (36x26 cm)
Su oficio era changarín o cargador de bolsas, o mejor dicho, representante de changarines.
En la época de la trilla, ponían el trigo en bolsas de aproximadamente 70 kilos y así se enviaban. Venancio concertaba “contratas”. Las contratas eran convenios de palabra, y había que cumplirlas, salvo causas muy especiales.
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