37- 'The Silbermöwe in St. Peter-Ording'
Acuarela A3
Las crónicas describen el Mar de Frixia como un prodigio de la naturaleza, aunque la naturaleza, si tuviera abogados, probablemente se habría querellado contra los cronistas. Frixia no es un mar de agua, sino de una sustancia gelatinosa y tibia que huele sospechosamente a sopa de col hervida dos veces. El color del agua oscila entre el verde lechuga pachucha y el gris vergonzoso. Allí los peces no nadan; simplemente caminan muy despacio por el fondo, esperando a que alguien los saque de allí para poder respirar aire puro de una vez por todas.
Un martes el Ministerio de Industria anunció ante la prensa, la botadura de un nuevo tipo de barco con una tecnología que permitiría surcar el Mar de Frixia a una velocidad similar a la que lo haría en mar abierto.
El motor rugió a pesar de que era eléctrico. Las palas de la hélice giraron con entusiasmo, entraron en contacto con el Mar de Frixia y, tras un sonido seco similar al de un tenedor enganchándose en un espagueti duro, la máquina se apagó con un suspiro lastimero.
El barco avanzó exactamente cuatro centímetros antes de quedar encajado en una masa de gelatina marina particularmente testaruda. -¡Inclinación táctica! -ordenó el capitán sin perder la dignidad-. ¡Que la tripulación corra a babor para simular dinamismo!
Los marineros corrieron hacia la izquierda. El barco se escoró un par de grados, dando la ilusión óptica de que estaban navegando a toda vela.
Desde la orilla, el Señor Comisionado de Aguas y Costas aplaudió con frenesí. -¡Un triunfo absoluto de la ingeniería alemana! -declaró a los periodistas presentes-. Como pueden comprobar, la flotabilidad es envidiable. El hecho de no avanzar garantiza que nuestros tripulantes no sufran el peligroso azote del viento de cara. Frixia vuelve a demostrar que es el mar más seguro del planeta.
Los periódicos del día siguiente publicaron en portada el titular «El barco del concejal conquista el Mar de Frixia con su inmovilidad estratégica».
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