35- 'Runelo'
Acuarela A3
El silencio en Runelo no era la ausencia de ruido, sino un manto pesado y blanco. Enclavado en una grieta bajo un pico que rasgaba el cielo, el pueblo quedaba incomunicado seis meses al año, sumergido bajo una capa de nieve que se posaba como un sudario.
Guzmán avivó los rescoldos de la chimenea. Añoraba la época en que las campanas de la iglesia sonaban para avisar la llegada del correo o el nacimiento de un niño. Otros tiempos.
En Runelo quedaban nueve habitantes. Nadie llegaba y nadie se iba; las montañas que lo rodeaban habían decidido olvidar al mundo exterior, y el mundo exterior les había devuelto el favor.
Aquella tarde, sin embargo, el crujido de unas raquetas rompió la monotonía de Guzmán. Un joven con las pestañas congeladas, empujó la puerta de su casa. -Dónde estoy? -castañeó tiritando mientras caía de rodillas junto al fuego.
Guzmán le sirvió un tazón de caldo humeante sin prisa. -En ningún sitio. Aquí las montañas no tienen prisa, y el mapa se borró hace mucho.
El joven miró por la ventana. Apenas un puñado de casas de piedra y madera, tejados a punto de ceder por el peso de la nieve. Había estado buscando una salida de la tempestad durante horas, temiendo congelarse en la nada. -Tengo que volver abajo. Mi trabajo… mi vida está abajo.
Guzmán miró hacia el horizonte. La ventisca borraba cualquier rastro del camino. -El puerto no se abrirá hasta mayo, muchacho. Acomódate. En este lugar no hay prisa, no hay noticias y no hay futuro; solo tenemos el fuego de esta noche y la nieve de mañana.
El joven salió al umbral. Afuera, los copos continuaban cayendo suavemente, sepultando las pisadas que lo habían llevado hasta allí, borrando el pasado y dejando únicamente el frío, el silencio y la extraña paz de estar perdido.
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