24- 'Der Entenmuschel-Sammler I'

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200,00 €

Acuarela A3

 

   Estanislao llegó hace años a un lugar muy lejano, Llegó en temporada de frío,  mediados de febrero, días de nieve. No conocía la nieve, porque en Viveiro no nieva. Lo más parecido a eso que había visto era el granizo que en ocasiones cae y que significa fiesta de hielo.

   Llegó a un país donde todo era gris: el cielo, el sol, los árboles, las casas... hasta la gente era gris. Al igual que todos los habitantes de aquella zona gris, la frutera no conocía los colores: El amarillo, tan amarillo, del limón. El verde, tan verde, de la berza. El morado, muy morado, de las moras maduras. El rojo, tan rojo, de los tomates.

   Lo mismo pasaba con la pescadera, el zapatero, la panadera… El único color que destacaba sobre el gris era el oxido de las grúas. Así que Estanislao, que estaba acostumbrado a valorar la vida por los olores y los colores, las pasaba canutas para no perder el juicio.

   Con el tiempo Estanislao prosperó en el trabajo y en los negocios. Conoció a una muchacha alemana, se casó y tuvo hijas. En aquel mundo tan gris, las madres grises leían cuentos grises a sus hijas grises. Su mujer no era una excepción pues las abuelas transmiten a las madres y las madres a las hijas de manera conservadora en todas partes.

   Las páginas de esos cuentos mostraban niñas grises con el pelo y los ojos grises, con la ropa gris. Las meigas eran grises y también las mariposas, las vacas y las gallinas.

   Estanislao recordaba haber visto en su niñez libros que contenían dibujos alegres y llenos de color, donde las niñas tenían el pelo castaño o rojo o dorado como la mies. Pero sus hijas grises no le creían ni una palabra. Decían que eran cosas de su padre, al que adoraban y perdonaban sus extravíos.

(cont.)