4- 'Aunque sujetar a alguien sea un acto de afecto, no es correcto hacerlo a personas que quizás no lo quieren'
Acuarela: lámina (36x26 cm)
Rodríguez se movía en el andén resbaladizo como si fuera el sofá de su casa. Llevaba con los trenes desde siempre, unas veces desde fuera, vigilándolos, y otras desde dentro, asaltándolos.
Los “otros”, pendientes de la tensa discusión sobre lo estafado, que a Rodríguez le traía sin cuidado, y sobre todo, de la capa de hielo que pisaban, no perdían de vista la nube de vapor que se acercaba y se mantenían apartados del borde. Mientras, Rodríguez repartía la mirada entre el desdichado y el “Jefe”, esperando un veredicto.
Rodríguez sabía que lo que el “Jefe” pretendía, simular un suicidio si no cantaba, no se lo iban a tragar los maderos, pero eso solo lo sabía él y cuando vio humedecerse los pantalones del infeliz, supo que no iba a tener que convencer al “Jefe” de su error.
Retrocedió junto al infeliz en silencio, justo antes de que el tren terminara de entrar en la estación. Rodríguez volvió a comprobar que el verdadero juego de poder no se resuelve con un empujón, sino con la posibilidad de ese empujón.
Un año mas tarde, el infeliz en el andén era su antiguo jefe. Ahora el “Jefe” era mas bajito y mas ancho, con una cicatriz muy fea en la mejilla. Los otros estaban muertos, demasiada lealtad suele ser perjudicial en este oficio. Rodríguez lo lamentaba porque los nuevos “otros” hablaban a gritos y se reían sin motivo. La escena había cambiado a todos los personajes menos a Rodríguez que seguía siendo el encargado de sujetar la corbata.
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